Pijama

Cuántas veces ha sido el pijama la excusa perfecta para quedarnos cobijados en el domingo por la tarde de nuestro olvido, en el regazo de nuestro adormilamiento vespertino y perezoso de resaca existencial y densa que nos arrastra maliciosa hacia las catacumbas de la inacción. Esa apatía inexorablemente dominical, tan arraigada a nuestra mala costumbre del no hacer, es la culpable de que no demos un palmetazo encima de la mesa a tiempo y se tumbe el vaso derramando vino, el impacto, -libación a los dioses-, por aquello de la suerte inequívoca de derrochar la bebida de los césares de manera involuntaria, entonces será el punto de inflexión entre quedarnos mirando pavorosos al precipicio o dar el salto al vacio sin red y deambular por el filo de la navaja. Puede que nos cortemos o incluso que caigamos irrevocablemente al abismo, pero no nos habrá quedado ni un solo resquicio de probar el riesgo de haber vivido. Mejor haber tocado el acero con nuestras manos que conformarnos con el perfume del intento, mejor tener el poder de elegir entre la ilusión infinita que a lo estático previsible. La voluntad nos humaniza, nos hace despojarnos del pijama de tela difusa y transparente que nos impide ser libres en mitad de la noche.

Azar

Sentarse el primer día de colegio con alguien cuyo apellido comience por la misma letra de una y encima que sea el más listo de la clase es suerte, encontrarse no uno, sino tres tréboles de cuatro hojas al lado de un manantial es estar en racha, pero hallarlo junto a la puerta de chapa de un contador de la luz en pleno descampado casi al borde del mar, es ya providencia divina. Sí, a veces pasa, ocurre que el determinismo no esté de nuestro lado, sino un caprichoso y veleidoso azar se presente a nuestra puerta de manera imprevista y sin avisar, como el  primo lejano que viene a visitarnos desde  Australia un domingo a las cuatro de la tarde, con ojos verdes y sin avisar. La suerte, la probabilidad o la sincronía, como queramos llamarlo actúa de manera tan insospechadamente sorpresiva  que nos deja absolutamente obnubilados por los efectos de su deleite cuando es para bien y de jodienda cuando se nos tuercen los planes por designios del destino. No es para menos. Los que digan que existe una causalidad para todo, sin dar margen a la magia casual de tropezarse de manera mágica con aquello que soñábamos, no saben lo que se pierden, yo les diría que la vida no la tenemos nadie comprada, porque de un momento a otro, todo puede dar un giro de manera tan brutal que lo que pintaba bastos puede tornarse en la fantasía más rebuscada que albergamos en nuestros sótanos de la ilusión, o en la peor de nuestras pesadillas, que sí, que la maceta si cae tiene una causa, será por el viento, por la mano que tiende un jersey de lana, o por que no aguantaba el peso del geranio, lo que tú quieras, pero el que pasa y se le cae encima es por el maldito azar que esta vez se viste de negro y le da en la cabeza, jaque azaroso que lo mismo es para ese fatídico final o para recibir esa buena noticia que tanto añorábamos, o incluso volver a reencontrar a esa persona que un día dimos por perdida y nos la cruzamos en un semáforo en Londres. De cualquiera de las maneras vivir es una experiencia donde caben todas las posibilidades, y como diría Roald Dahl, quien no crea en la magia, no la encontrará. Mejor sucumbir a ella.

Que te vaya bonito

En las Nochebuena, Navidad, Año nuevo, se acostumbra a felicitar a la familia, amigos, compañeros de trabajo y hasta conocidos. Unos lo hacen por compromiso, otros de corazón y una gran parte ni lo uno ni lo otro, simplemente no felicitan. Una larga espera durante todo el año para que lleguen estas comprometedoras fechas porque van ser la prueba de fuego, de algodón y de conciencia de poner a cada cual en su sitio, o mejor aún, de saber con certeza si quienes conocemos y están en la cuerda floja, los que pasaron de refilón en nuestras vidas, incluso los que de alguna u otra manera compartimos más de una sonrisa, confidencia o incluso una botella de Ribera del Duero, se dignan a dar ese grandioso y costoso paso de acordarse de nuestra ínclita existencia.

Una espera el primer día y se mantiene con la esperanza ilusa de que si no ha sido un miércoles será el viernes, pero al ver que se han finiquitado oportunidades de poder haber sido elegidos para esas migajas de compromiso lastimero, queremos cerrar las navidades al vacío, precintarlas y guardarlas en el último cajón de nuestra memoria, esperando que en las próximas, las del año que viene, existan menos posibilidades de que se acuerden de nosotros. Fuimos estrellas por un día. Es mejor así, que vivir sumergidos en el maravilloso encanto de la hipocresía. Que les vaya bonito.

Atalaya prismática

Probablemente el libro de Alonso Quijano, sea el mejor libro que haya caído en mis manos, y muy posiblemente el único que supere en genialidad  a futuras lecturas. Y es que la grandeza de este loco idealista, no estriba en la sublime inteligencia de aunar distintos géneros en una misma obra, ni en la retahíla de sus personajes prototípicos de una España en decadencia, tampoco en la sinrazón y pragmatismo de sus protagonistas, ni tan siquiera en la mejor carta de amor que se ha escrito en todos los tiempos de mano del caballero de la triste figura a su amada Dulcinea, dirigiéndose a ella como “amada enemiga mía”, no.

 

La belleza que me embauca y atraviesa mis entretelas literarias, mundanas e incorpóreas, es la capacidad que poseen los habitantes del libro en hacerse así mismos, ese deambular libertario, ese novelar, los convierte en seres cuya realidad no depende de una verdad absoluta. Esto es así porque ellos, campan a sus anchas haciendo y deshaciendo, decidiendo y desobedeciendo a una realidad que se muestra estática, moldean y esculpen,  transformándola en un verismo poliédrico, preñado de infinitas posibilidades. En la novela, como en la vida misma,  se anda campo a través desafiando a esa verdad  pétrea, rehaciendo ese azar en pos de múltiples caminos, alternativas diversas, vericuetos insospechados, en definitiva, un paraíso de posibilidades.

 

El paralelismo de la novela con la vida se limita a prescindir de lo establecido. ¿Por qué no elegir precisamente el sendero que más nos apetezca sin necesidad de rendir cuentas a nada ni a nadie? ¿Por qué no darnos la maravillosa oportunidad de equivocarnos? ¿Por qué quedarnos con las ganas? El que se pasea por el Campo de Criptana  debajo de su yelmo, reta a esa realidad monolítica, fría e inerte, jugando al despiste con su locura, (tiene ventaja), dándonoslo con queso en la segunda parte, al estilo de Sartre, en vez del infierno son los otros, los locos son los otros.

 

Yo como aprendiza de la vida, apuesto por los seres como él, que aparentemente locos, son cuerdos, al menos aman sin temor, y usan a su antojo este mundo fragmentario, sin juzgarlo, solo dejándose llevar por la suave e inocente locura que le permite transfigurar una realidad funesta, en un espléndido paisaje inundado de posibilidades desde su atalaya prismática. Y es que, entre esa existencia y sentimiento, o entre la realidad y el deseo como diría mi Cernuda, me quedo con lo segundo, probando caminos   a sabiendas de mi fracaso, pero  al menos me habré enterado de que he vivido.

Por lo menos

Últimamente tener un trabajo se está convirtiendo en algo tan afortunado como al que le
toca de premio un viaje a Disney World  dentro de un Bollicao. Esta mañana vi en la
televisión cómo entrevistaban a una chica licenciada en psicología, con un máster en
logopedia clínica, con un par de idiomas a sus espaldas  y con muchas ganas de
trabajar. La habían contratado como recepcionista en un gimnasio de barrio, de una
ciudad española. La periodista la acosaba a preguntas como si le hubiera tocado la
lotería de Navidad, la entrevistada contenta y exultante por la felicidad de haber sido
elegida en un duro casting para ese empleo, respondía de manera intermitente que “por
lo menos estaba trabajando”, y solo por esa razón merecía la pena celebrarlo y dar
gracias al mundo.
No niego que quien tenga la suerte de obtener un trabajo en los tiempos que corren
lance fuegos artificiales, y monte una fiesta por todo lo alto con todo el vecindario, sin
embargo hay algo en lo que no estoy en absoluto de acuerdo, y es en ese conformismo
embadurnado de resignación con cierta reminiscencia judeocristiana de sentimiento de
culpa, materializado en una respuesta consabida y popular, como se percibe en “por lo
menos”.
La ínclita frase se presenta ante mí igual que un muro de contención incapaz de dejar
pasar la esperanza y la alegría, no deja ni un resquicio para que se cuele mi afanada
utopía y delirio para conseguir aquello que nos pertenece, no porque nos toque en una
tómbola, sino porque es nuestro derecho, posibilidad y oportunidad de alcanzar nuestros
sueños, que imposibles o no, son nuestros y son los revulsivos de levantarnos cada día y
los que nos hacen apostar por esa extraña costumbre que es vivir, con imaginación y
entusiasmo. A mí ese “por lo menos”, me evoca desánimo, desastre, y fantasmagoría, y
no es por nada, pero en cuestiones invisibles, como es el mundo de las quimeras y
contiendas, me decanto por tirarme de cabeza al pozo de la ilusión.
De ilusión se vive, y como no se pueden poner puertas al campo, tampoco voy a
consentir que  acoten mi pequeña libertad de ser yo la que elija no ser conformista en
sentir, amar y decidir,  porque quien aboga por ese “por lo menos” defiende de alguna
manera el que jamás avancemos, ni como sociedad, ni como individuos, y si no nos
rebelamos a esa mansedumbre pandémica de ponernos candados a nuestro ímpetu de
vivir como merecemos y no como nos impongan, no seremos capaces de acercarnos un
tramo a eso que llamamos felicidad.

TODO ATADO

Así son las cosas. Margot siempre iba a contracorriente. En vez de apropiarse de una bonita casa a las afueras o de un piso reformado en el centro de su ciudad, ella vivía de alquiler cada año en  un barrio diferente. Para qué comprar libros y acumularlos  en viejas estanterías, si existe  la posibilidad de pedirlos prestados en la biblioteca municipal. Ella nunca hace planes, siempre responde a cualquier proposición que se le sugiera, ­ya se verá­, es su expresión más consabida. Le aterra tener su vida precintada, programada en una hoja de excel, dice que los que son así de cuadriculados son unos egoístas, porque esperan que el resto de gente se amolde a sus minuciosos y milimétricos planes, diseñados con miles de años de antelación. Tampoco sabe lo que quiere, una vez le pregunté la causa  de esa  inseguridad y me contestó que no soportaba a los que tienen todo tan nítido en su cabeza, ­son unos presuntuosos­, me lo espetó mientras fumaba un cigarro  a eso de las cinco de la mañana en la puerta del Bristol, ­un bar  emblemático con las puertas y las paredes pintadas de negro, un antro muy macarra que ya no existe­ ¿Y qué piensas  del amor Margot? , ahí ella llevaba tres gin tonic encima. ­¿Qué pienso? ¿De verdad lo quieres saber?. Mira, Bogdan,  yo no soy atávica. Tan solo los jueves­. Tiró la colilla al suelo y entró de nuevo al local a escuchar Rock and Roll Star.

La misma canción

Recientemente leyendo la prensa, encontré muy en segundo plano, -después de leer las típicas y machaconas noticias sobre crisis, corrupción, imputaciones reales, ERES y demás-, un artículo científico de la revista Nature, sobre la decodificación del ADN causante de la peste bubónica en el siglo XIV. En seguida me asaltó a la mente un inexorable paralelismo de la pandemia medieval europea, con esta crisis acuciante y malévola que nos azota de manera despiadada y terrible derrumbando todo lo que se le pone por delante. Entonces pensé en las flagrantes concomitancias que unen esa bacteria letal de la época de Bocaccio con esta otra bacteria más actual, llamada crisis, no menos dañina que nos invade por doquier, de la que nadie, o solo unos pocos pueden escapar de sus garras demoniacas.

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Una de esas semejanzas que me llaman la atención es la cantidad de falsos profetas que advirtieron en su día las causas de la peste que asoló a Europa, estos lumbreras de la época aducían la culpa del mal a judíos, achacándoles que envenenaban las aguas de los ríos, a leprosos, a un castigo divino, -cómo no-, o incluso a una confabulación de los astros, cuya conjunción hacía posible toda esta maldición de destrucción y mortandad. No me escandalicé nada al comprobar que los anuncios sentenciosos de los agoreros de antaño, es una moda nada pasajera, y que hoy en día sigue en el candelero, los mismos enviados haciendo de las suyas, engatusando y confundiendo a la población. A mí me duelen los oídos de escuchar proverbios tan consabidos, como, -hemos vivido por encima de nuestras posibilidades-, -es que se ha abusado mucho-, – de la crisis se sale trabajando más y cobrando menos-, -no estábamos preparados para vivir con este tren de vida-, frases que taladran el cerebro de quienes no hemos hecho nada para ese descalabro y nos responsabilizan del gran fiasco.

 

Y lo mismo que nos anuncian sus causas, nos advierten de sus lúcidas soluciones como auténticos visionarios con fórmulas infalibles al estilo de que la crisis acabará en 2019. Un vez escuché a uno que dijo de ésta, que era -un estado de ánimo-, hasta en las chirigotas de Cádiz se cuestionaban hace años Las Marujas, ¿ dónde está la crisis? ¿o qué me dicen de los que afirman que hay un megaclub banquero infranqueable, de vejestorios teledirigiendo el mundo al estilo del Doctor Infierno? Observadores meticulosos de lo que aquí pasa, cómo y por qué, todo el mundo opina, pero nadie da con la tecla, porque evidentemente si se diera, ya habríamos salido de las fauces del mal. Parece ser que tanto en la oscura Edad Media como en el siglo del twitter, tienen muy claro la razón de tan nefasta desgracia.

 

Yo no me creo absolutamente nada. Han tardado mil quinientos años en saber la verdadera causa real de la peste negra, ¿por qué no iban a tardar otros tantos más en descubrir el verdadero motivo de estos años aciagos desde que Lehman Brothers salió en los periódicos, o desde que la prensa nos inunda con noticias cada vez más tristes como el desahucio de una joven de 30 años en paro y con cáncer en el pueblo de Don Benito? Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el fundamento, el origen de tanto infortunio global. No se pueden hacer afirmaciones tan rotundas sin ningún tipo de rigor científico ni de sentido común, por poner un ejemplo de estos balbuceos de posibles causas, se me viene a la cabeza las opiniones tan contradictorias a la hora de evaluar los asistentes a una manifestación. Si el gobierno dice diez, el sindicato diez mil. Y digo yo, alguno mentirá, ¿no?, pues señores, saben qué les digo, que mienten los dos. Si esto sucede con unas simples cifras de personas ¿qué no ocurrirá manejando una realidad circundante sin cierto perspectivismo de algo tan complejo como lo que está sucediendo a escala mundial?

 

Mientras veo cómo emite cada uno su propio manifiesto de la bicha, de este miasma profético, y del apabullante nuevo siglo, veo como se desliza la niña mala vestida de bacteria moderna en un tobogán hacia un desequilibrio ilimitado y creando un desbarajuste económico y social que borra toda solución posible y percepción real, confudiéndonos con su acicate de mal, solo me agarro a que a lo mejor dentro de algunos años nos enteremos de que la llave de la vida estaba precisamente en trabajar menos y cobrar más, sin necesidad de irse a Laponia. Mientras que no cunda el pánico escuchando a chamanes con gafas de pasta, es mi humilde deseo.

Por algo hay que empezar

Desprenderse de objetos curiosos e innecesarios puede resultar gratificante, reconforta y hasta pueden ser un imán. Desde niña supe que si regalaba cajitas vacías de juanolas, tarjetas postales de lugares que jamás había visitado o pulseras fluorescentes, garantizarían de manera simbólica el comienzo de una gran amistad. Con el trasiego de los años esa entrega desinteresada cobraba un valor especial, ya que dar mi vestido rojo, los apuntes de la facultad o dinero para una palmera de chocolate era la insignia de una amistad de por vida. Repartir a trote y moche y sentirse bien por ello era una recompensa más que justa, sin pedir nada a cambio, sin exigencias, solo lo que a uno le quieran dar. -Eso tiene que salir de uno, no vale pedirlo- dice mi madre.

La amistades o se mueren o se alejan. A veces ocurre, y en ocasiones sin entender cuál ha sido el verdadero motivo de ese contundente portazo de indiferencia o ignorancia que nos dan en toda la cara, provocando un dolor que nunca se disuelve del todo, sino que pervive en nosotros convirtiéndose en recuerdo es cuando tomamos conciencia de lo que ellos significaron, o si le damos la vuelta de lo que supuse yo para ellos. El eco de su desaparición retumba en mis entrañas como espadas de hielo atravesando mi aura. Los que se fueron de este mundo los llevo siempre montados en mi corazón, y los que aún están y no se han marchado también viajan conmigo.

Por extraño que parezca, la ingratitud es algo que siempre me ha molestado, será una jugarreta de la memoria, pero a pesar de querer condenarlos, me puede más esa complicidad que un día compartí, y es que agradecer lo que en un pretérito me otorgaron, no está reñido con ese sentimiento de vacío de domingo por la tarde, de fiebre, de angustia, y de desolación, que me invade cada vez que los evoco en cualquier pensamiento.

Nunca me ha gustado lamentarme en el fango de la amargura a pesar de sentirme como un alce herido, porque siempre he creído que la vida actúa como un boomerang caprichoso entre la insidia y la piedad, algunas veces nos devuelve los golpes en forma de decepción o fracaso , sin embargo también nos regala contra todo pronóstico lo que nos arrebató bajo la suave forma de esperanza y alegría.

Quizás la intuición, la casualidad, o las mismas ganas de vivir hicieron que ellos volvieran, después de esos abandonos a lo Penélope. Vuelven embadurnados del efecto mágico de un deseo silencioso que yo siempre invoqué, cada vez que los nombraba, escuchaba su canción favorita o caminaba por sus mismas calles. No me gusta decretar el olvido, por eso este proceso de reconversión, de resurgir, de esperarlos con los brazos abiertos, es una manera de empezar de nuevo y de no asustarme si tengo que caer de nuevo en un precipicio o poner la casa del revés o mi agenda patas arriba buscando el lugar que siempre ocuparon. El valor más preciado es poseer la libertad de quererlos como fueron. Seré la primera en ofrecer mi ropa, mi café, mis libros, mi casa, mi familia,mis gatos, mis amigos, mi vida entera, con tal de compartir, aunque me hayan dado la espalda. Soy sensible y lloro con las películas. Por algo hay que empezar.

Paraísos helados

Cuando el desánimo lo asola todo dejando que se cuele por el sumidero del fracaso toda esperanza posible, cuando el abatimiento, desazón y desconsuelo impiden continuar luchando, cuando la inquietud, la incertidumbre y el desasosiego se apoderan con sus fauces negras de ese hálito de vida estrangulando y retorciéndolo como al cuello de una tórtola. En ese resquicio causado por bajar la guardia o mirar hacia otro lado, solo entonces, es cuando los malévolos cruzan esa frontera de cristal, culebreando como la mismísima Hidra de Lerna, tornándose victoriosos, paseando su insustancial triunfo y pavoneándose como timoratos de su fútil trofeo cuyo único enardecimiento es el de seguir siendo igual de perversos.

Esos son los hombres y mujeres que llevan una vida trazada hacia ninguna parte, sin rumbo, sin norte, sin fin, y no dan un paso adelante si no miran su pernicioso libro de instrucciones, son tipos que atacan a la yugular a la primera de cambio, avanzan con su insidia hacia lo recóndito de la inteligencia destrozando el entendimiento, aprovechan el mínimo descuido para pillar desprevenidos al más pintado. El hombre malo, como diría Machado, hombres y mujeres desalmados, inmundos, crueles, miserables. Trápalas que tratan de seducirnos con cantos de sirenas que suenan a Madama Butterfly de Puccini y luego caemos en la cuenta de que su melodía distorsionada se percibe como oxidadas psicofonías, maldiciéndonos y estrujándonos como lechuzas muertas en la noche. Gentuza de medio pelo que si no la dan a la entrada, la dan a la salida. Lacayos del mal que nos venden falacias lobeznas bajo una blanca piel de cordero de suave pelaje. Una ralea que tergiversa como auténticos prestidigitadores cualquier atisbo de sentido común. Bastardos manipuladores de cualquier indicio de bondad para justificar su fulastre vida. Mala gente experta en joder la vida del prójimo con una precisión milimétrica. Una caterva infame de ignorantes encargados de perpetrar el maléfico plan de hacer infeliz a cualquiera que se precie. Una patulea estúpida carente de integridad, coherencia y algo de lucidez. Tunantes asilvestrados adeptos al egoísmo como única forma de vida. Bellacos con una actitud rematadamente execrable. Los Norman Bates actuales. Yo diría que les falta educación, clase, conciencia, son los que dictaminan su verdad pétrea y absoluta por encima de cualquier idea, imponiendo su vacuo y pueril criterio de mierda. Menuda fruslería de ambición.

Me planto, indigno, encabrono, araño, muerdo. No puedo más. No se puede ser impasible, apática, ni pusilánime. Hay que grabarse en las entrañas con hierro candente, como se yerra a un toro, que no podrán. Yo no crecí en esa desidia del derrumbe, yo desde que aprendí la palabra utopía en un programa de televisión por boca de Tierno Galván, quise descubrirla. No sabía lo que significaba, era tan pequeña que me bastó ver el entusiasmo de ese hombre viejo y calvo como para darme cuenta de que algo intenso y estimulante encerraba el vocablo. Había que probarla, saber a qué saben las quimeras, y dejarse llevar por la embriagadora y delirante sensación de ese suntuoso y mágico brebaje. Creo en la ternura de Totó llevándose a todo un suburbio de Milán volando en escobas, quiero irme con ellos y dejar con cara de buque al señor Mobbi. -Qué grande De Sica-. La ilusión como antídoto de muerte, y alegría como bálsamo de inquina. Ilusión congénita y no providencial. Ilusión fruto del trance de haberlas pasado putas para reconstruirse y volverlo a intentar, sin método ni dilación, sin dobleces, ilusión como justicia poética liberadora de la conciencia negra, ilusión titánica que aplaste toda inmundicia, ilusión sin deserción posible, ilusión que nos salve del paraíso helado y desemboque en el edén del material de los sueños y aún zarandeándonos no queramos despertar jamás de nuestra única perspectiva arriesgada que no es más que vivificar nuestra maravillosa y malva arcadia.

Honor

España siempre se ha descojonado de los Alonso Quijano que han coqueteado con  algo tan inherente en sociedades ancestrales y milenarias como es el honor. Llevar a cabo un ideal y no caer en la tentación de destruir, obstaculizar y maniatar al hacedor de sueños de cualquier empresa que  se preste es una quimera. No se puede ser honrado, o no nos han enseñado a serlo. Esta situación de desamparo y de almas impías me recuerda cada vez más a la España cervantina donde los únicos supervivientes eran pícaros y maleantes haciendo de las suyas, hidalgos viviendo del carajo, una nobleza-nostálgica de épocas gloriosas- que mengua en número de componentes pero aumenta en riquezas, una población muerta de hambre, parados a trote y moche, una banca rota total, un alto clero con mucha fuerza, una burguesía que hace muy pocos progresos y un montón de jornaleros sin trabajo. Esa situación de crisis que ocurrió antaño se repite ahora, la misma desesperación, pesimismo y desconfianza, regresan haciendo estragos  para recordarnos una vez más que el hombre no es que sea un lobo para el hombre sino  algo mucho peor, somos  como un virus agresivo, nocivo y peligroso que lo  devora y arrasa todo, llevándose por delante, nuestro más preciado tesoro, la esperanza y la ilusión de confiar en nuestra infame especie. Ese robo y ultraje al que estamos siendo sometidos nos pasa factura. La gente está muy harta de ver cómo unos pocos pisan el cuello y clavan con la punta de su bota directamente a la yugular, dejándonos sin salida, sin respiración y sin vida. Nos ahogamos y la sociedad no puede más. Jóvenes  preparados académicamente como nunca antes habían existido en la historia de este país teniendo prácticamente que huir en estampida en busca de un futuro menos negro que el que aquí les depara. La cifra gigantesca de parados que atasca y bloquea cualquier titular de periódico, dejándonos atónitos ante tanta vejación laboral. Una enseñanza pública dinamitada  por un ministro con vocación de titiritero, ya que su único fin es la de crear un alumnado nada crítico y  muy  aborregado. Casas vacías y gente viviendo en la calle, ¿la vivienda digna no es un derecho constitucional? Pero claro, hablar de derechos actualmente en este país de pillos es como pintar un lienzo con alquitrán, ensuciando a ciudadanos y ciudadanas con su letal negrura, ante esta  situación de emergencia causada  por la falta de caridad. Una estampa idéntica del presente, rememora a lo que ocurría en el Toledo  de la España de Carlos V, cuyo insigne ayuntamiento de la señorial ciudad de casas con escudos blasonados, tomó la indigna medida de   expulsar a todo aquel trotamundos que la diosa fortuna lo había deportado al barranco del olvido. No les dejemos más. Pensemos como el de la triste figura, “Yo sé quién soy ( dijo al final de su vida).