Honor

España siempre se ha descojonado de los Alonso Quijano que han coqueteado con  algo tan inherente en sociedades ancestrales y milenarias como es el honor. Llevar a cabo un ideal y no caer en la tentación de destruir, obstaculizar y maniatar al hacedor de sueños de cualquier empresa que  se preste es una quimera. No se puede ser honrado, o no nos han enseñado a serlo. Esta situación de desamparo y de almas impías me recuerda cada vez más a la España cervantina donde los únicos supervivientes eran pícaros y maleantes haciendo de las suyas, hidalgos viviendo del carajo, una nobleza-nostálgica de épocas gloriosas- que mengua en número de componentes pero aumenta en riquezas, una población muerta de hambre, parados a trote y moche, una banca rota total, un alto clero con mucha fuerza, una burguesía que hace muy pocos progresos y un montón de jornaleros sin trabajo. Esa situación de crisis que ocurrió antaño se repite ahora, la misma desesperación, pesimismo y desconfianza, regresan haciendo estragos  para recordarnos una vez más que el hombre no es que sea un lobo para el hombre sino  algo mucho peor, somos  como un virus agresivo, nocivo y peligroso que lo  devora y arrasa todo, llevándose por delante, nuestro más preciado tesoro, la esperanza y la ilusión de confiar en nuestra infame especie. Ese robo y ultraje al que estamos siendo sometidos nos pasa factura. La gente está muy harta de ver cómo unos pocos pisan el cuello y clavan con la punta de su bota directamente a la yugular, dejándonos sin salida, sin respiración y sin vida. Nos ahogamos y la sociedad no puede más. Jóvenes  preparados académicamente como nunca antes habían existido en la historia de este país teniendo prácticamente que huir en estampida en busca de un futuro menos negro que el que aquí les depara. La cifra gigantesca de parados que atasca y bloquea cualquier titular de periódico, dejándonos atónitos ante tanta vejación laboral. Una enseñanza pública dinamitada  por un ministro con vocación de titiritero, ya que su único fin es la de crear un alumnado nada crítico y  muy  aborregado. Casas vacías y gente viviendo en la calle, ¿la vivienda digna no es un derecho constitucional? Pero claro, hablar de derechos actualmente en este país de pillos es como pintar un lienzo con alquitrán, ensuciando a ciudadanos y ciudadanas con su letal negrura, ante esta  situación de emergencia causada  por la falta de caridad. Una estampa idéntica del presente, rememora a lo que ocurría en el Toledo  de la España de Carlos V, cuyo insigne ayuntamiento de la señorial ciudad de casas con escudos blasonados, tomó la indigna medida de   expulsar a todo aquel trotamundos que la diosa fortuna lo había deportado al barranco del olvido. No les dejemos más. Pensemos como el de la triste figura, “Yo sé quién soy ( dijo al final de su vida).