Paraísos helados

Cuando el desánimo lo asola todo dejando que se cuele por el sumidero del fracaso toda esperanza posible, cuando el abatimiento, desazón y desconsuelo impiden continuar luchando, cuando la inquietud, la incertidumbre y el desasosiego se apoderan con sus fauces negras de ese hálito de vida estrangulando y retorciéndolo como al cuello de una tórtola. En ese resquicio causado por bajar la guardia o mirar hacia otro lado, solo entonces, es cuando los malévolos cruzan esa frontera de cristal, culebreando como la mismísima Hidra de Lerna, tornándose victoriosos, paseando su insustancial triunfo y pavoneándose como timoratos de su fútil trofeo cuyo único enardecimiento es el de seguir siendo igual de perversos.

Esos son los hombres y mujeres que llevan una vida trazada hacia ninguna parte, sin rumbo, sin norte, sin fin, y no dan un paso adelante si no miran su pernicioso libro de instrucciones, son tipos que atacan a la yugular a la primera de cambio, avanzan con su insidia hacia lo recóndito de la inteligencia destrozando el entendimiento, aprovechan el mínimo descuido para pillar desprevenidos al más pintado. El hombre malo, como diría Machado, hombres y mujeres desalmados, inmundos, crueles, miserables. Trápalas que tratan de seducirnos con cantos de sirenas que suenan a Madama Butterfly de Puccini y luego caemos en la cuenta de que su melodía distorsionada se percibe como oxidadas psicofonías, maldiciéndonos y estrujándonos como lechuzas muertas en la noche. Gentuza de medio pelo que si no la dan a la entrada, la dan a la salida. Lacayos del mal que nos venden falacias lobeznas bajo una blanca piel de cordero de suave pelaje. Una ralea que tergiversa como auténticos prestidigitadores cualquier atisbo de sentido común. Bastardos manipuladores de cualquier indicio de bondad para justificar su fulastre vida. Mala gente experta en joder la vida del prójimo con una precisión milimétrica. Una caterva infame de ignorantes encargados de perpetrar el maléfico plan de hacer infeliz a cualquiera que se precie. Una patulea estúpida carente de integridad, coherencia y algo de lucidez. Tunantes asilvestrados adeptos al egoísmo como única forma de vida. Bellacos con una actitud rematadamente execrable. Los Norman Bates actuales. Yo diría que les falta educación, clase, conciencia, son los que dictaminan su verdad pétrea y absoluta por encima de cualquier idea, imponiendo su vacuo y pueril criterio de mierda. Menuda fruslería de ambición.

Me planto, indigno, encabrono, araño, muerdo. No puedo más. No se puede ser impasible, apática, ni pusilánime. Hay que grabarse en las entrañas con hierro candente, como se yerra a un toro, que no podrán. Yo no crecí en esa desidia del derrumbe, yo desde que aprendí la palabra utopía en un programa de televisión por boca de Tierno Galván, quise descubrirla. No sabía lo que significaba, era tan pequeña que me bastó ver el entusiasmo de ese hombre viejo y calvo como para darme cuenta de que algo intenso y estimulante encerraba el vocablo. Había que probarla, saber a qué saben las quimeras, y dejarse llevar por la embriagadora y delirante sensación de ese suntuoso y mágico brebaje. Creo en la ternura de Totó llevándose a todo un suburbio de Milán volando en escobas, quiero irme con ellos y dejar con cara de buque al señor Mobbi. -Qué grande De Sica-. La ilusión como antídoto de muerte, y alegría como bálsamo de inquina. Ilusión congénita y no providencial. Ilusión fruto del trance de haberlas pasado putas para reconstruirse y volverlo a intentar, sin método ni dilación, sin dobleces, ilusión como justicia poética liberadora de la conciencia negra, ilusión titánica que aplaste toda inmundicia, ilusión sin deserción posible, ilusión que nos salve del paraíso helado y desemboque en el edén del material de los sueños y aún zarandeándonos no queramos despertar jamás de nuestra única perspectiva arriesgada que no es más que vivificar nuestra maravillosa y malva arcadia.