La misma canción

Recientemente leyendo la prensa, encontré muy en segundo plano, -después de leer las típicas y machaconas noticias sobre crisis, corrupción, imputaciones reales, ERES y demás-, un artículo científico de la revista Nature, sobre la decodificación del ADN causante de la peste bubónica en el siglo XIV. En seguida me asaltó a la mente un inexorable paralelismo de la pandemia medieval europea, con esta crisis acuciante y malévola que nos azota de manera despiadada y terrible derrumbando todo lo que se le pone por delante. Entonces pensé en las flagrantes concomitancias que unen esa bacteria letal de la época de Bocaccio con esta otra bacteria más actual, llamada crisis, no menos dañina que nos invade por doquier, de la que nadie, o solo unos pocos pueden escapar de sus garras demoniacas.

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Una de esas semejanzas que me llaman la atención es la cantidad de falsos profetas que advirtieron en su día las causas de la peste que asoló a Europa, estos lumbreras de la época aducían la culpa del mal a judíos, achacándoles que envenenaban las aguas de los ríos, a leprosos, a un castigo divino, -cómo no-, o incluso a una confabulación de los astros, cuya conjunción hacía posible toda esta maldición de destrucción y mortandad. No me escandalicé nada al comprobar que los anuncios sentenciosos de los agoreros de antaño, es una moda nada pasajera, y que hoy en día sigue en el candelero, los mismos enviados haciendo de las suyas, engatusando y confundiendo a la población. A mí me duelen los oídos de escuchar proverbios tan consabidos, como, -hemos vivido por encima de nuestras posibilidades-, -es que se ha abusado mucho-, – de la crisis se sale trabajando más y cobrando menos-, -no estábamos preparados para vivir con este tren de vida-, frases que taladran el cerebro de quienes no hemos hecho nada para ese descalabro y nos responsabilizan del gran fiasco.

 

Y lo mismo que nos anuncian sus causas, nos advierten de sus lúcidas soluciones como auténticos visionarios con fórmulas infalibles al estilo de que la crisis acabará en 2019. Un vez escuché a uno que dijo de ésta, que era -un estado de ánimo-, hasta en las chirigotas de Cádiz se cuestionaban hace años Las Marujas, ¿ dónde está la crisis? ¿o qué me dicen de los que afirman que hay un megaclub banquero infranqueable, de vejestorios teledirigiendo el mundo al estilo del Doctor Infierno? Observadores meticulosos de lo que aquí pasa, cómo y por qué, todo el mundo opina, pero nadie da con la tecla, porque evidentemente si se diera, ya habríamos salido de las fauces del mal. Parece ser que tanto en la oscura Edad Media como en el siglo del twitter, tienen muy claro la razón de tan nefasta desgracia.

 

Yo no me creo absolutamente nada. Han tardado mil quinientos años en saber la verdadera causa real de la peste negra, ¿por qué no iban a tardar otros tantos más en descubrir el verdadero motivo de estos años aciagos desde que Lehman Brothers salió en los periódicos, o desde que la prensa nos inunda con noticias cada vez más tristes como el desahucio de una joven de 30 años en paro y con cáncer en el pueblo de Don Benito? Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el fundamento, el origen de tanto infortunio global. No se pueden hacer afirmaciones tan rotundas sin ningún tipo de rigor científico ni de sentido común, por poner un ejemplo de estos balbuceos de posibles causas, se me viene a la cabeza las opiniones tan contradictorias a la hora de evaluar los asistentes a una manifestación. Si el gobierno dice diez, el sindicato diez mil. Y digo yo, alguno mentirá, ¿no?, pues señores, saben qué les digo, que mienten los dos. Si esto sucede con unas simples cifras de personas ¿qué no ocurrirá manejando una realidad circundante sin cierto perspectivismo de algo tan complejo como lo que está sucediendo a escala mundial?

 

Mientras veo cómo emite cada uno su propio manifiesto de la bicha, de este miasma profético, y del apabullante nuevo siglo, veo como se desliza la niña mala vestida de bacteria moderna en un tobogán hacia un desequilibrio ilimitado y creando un desbarajuste económico y social que borra toda solución posible y percepción real, confudiéndonos con su acicate de mal, solo me agarro a que a lo mejor dentro de algunos años nos enteremos de que la llave de la vida estaba precisamente en trabajar menos y cobrar más, sin necesidad de irse a Laponia. Mientras que no cunda el pánico escuchando a chamanes con gafas de pasta, es mi humilde deseo.