Atalaya prismática

Probablemente el libro de Alonso Quijano, sea el mejor libro que haya caído en mis manos, y muy posiblemente el único que supere en genialidad  a futuras lecturas. Y es que la grandeza de este loco idealista, no estriba en la sublime inteligencia de aunar distintos géneros en una misma obra, ni en la retahíla de sus personajes prototípicos de una España en decadencia, tampoco en la sinrazón y pragmatismo de sus protagonistas, ni tan siquiera en la mejor carta de amor que se ha escrito en todos los tiempos de mano del caballero de la triste figura a su amada Dulcinea, dirigiéndose a ella como “amada enemiga mía”, no.

 

La belleza que me embauca y atraviesa mis entretelas literarias, mundanas e incorpóreas, es la capacidad que poseen los habitantes del libro en hacerse así mismos, ese deambular libertario, ese novelar, los convierte en seres cuya realidad no depende de una verdad absoluta. Esto es así porque ellos, campan a sus anchas haciendo y deshaciendo, decidiendo y desobedeciendo a una realidad que se muestra estática, moldean y esculpen,  transformándola en un verismo poliédrico, preñado de infinitas posibilidades. En la novela, como en la vida misma,  se anda campo a través desafiando a esa verdad  pétrea, rehaciendo ese azar en pos de múltiples caminos, alternativas diversas, vericuetos insospechados, en definitiva, un paraíso de posibilidades.

 

El paralelismo de la novela con la vida se limita a prescindir de lo establecido. ¿Por qué no elegir precisamente el sendero que más nos apetezca sin necesidad de rendir cuentas a nada ni a nadie? ¿Por qué no darnos la maravillosa oportunidad de equivocarnos? ¿Por qué quedarnos con las ganas? El que se pasea por el Campo de Criptana  debajo de su yelmo, reta a esa realidad monolítica, fría e inerte, jugando al despiste con su locura, (tiene ventaja), dándonoslo con queso en la segunda parte, al estilo de Sartre, en vez del infierno son los otros, los locos son los otros.

 

Yo como aprendiza de la vida, apuesto por los seres como él, que aparentemente locos, son cuerdos, al menos aman sin temor, y usan a su antojo este mundo fragmentario, sin juzgarlo, solo dejándose llevar por la suave e inocente locura que le permite transfigurar una realidad funesta, en un espléndido paisaje inundado de posibilidades desde su atalaya prismática. Y es que, entre esa existencia y sentimiento, o entre la realidad y el deseo como diría mi Cernuda, me quedo con lo segundo, probando caminos   a sabiendas de mi fracaso, pero  al menos me habré enterado de que he vivido.

Por lo menos

Últimamente tener un trabajo se está convirtiendo en algo tan afortunado como al que le
toca de premio un viaje a Disney World  dentro de un Bollicao. Esta mañana vi en la
televisión cómo entrevistaban a una chica licenciada en psicología, con un máster en
logopedia clínica, con un par de idiomas a sus espaldas  y con muchas ganas de
trabajar. La habían contratado como recepcionista en un gimnasio de barrio, de una
ciudad española. La periodista la acosaba a preguntas como si le hubiera tocado la
lotería de Navidad, la entrevistada contenta y exultante por la felicidad de haber sido
elegida en un duro casting para ese empleo, respondía de manera intermitente que “por
lo menos estaba trabajando”, y solo por esa razón merecía la pena celebrarlo y dar
gracias al mundo.
No niego que quien tenga la suerte de obtener un trabajo en los tiempos que corren
lance fuegos artificiales, y monte una fiesta por todo lo alto con todo el vecindario, sin
embargo hay algo en lo que no estoy en absoluto de acuerdo, y es en ese conformismo
embadurnado de resignación con cierta reminiscencia judeocristiana de sentimiento de
culpa, materializado en una respuesta consabida y popular, como se percibe en “por lo
menos”.
La ínclita frase se presenta ante mí igual que un muro de contención incapaz de dejar
pasar la esperanza y la alegría, no deja ni un resquicio para que se cuele mi afanada
utopía y delirio para conseguir aquello que nos pertenece, no porque nos toque en una
tómbola, sino porque es nuestro derecho, posibilidad y oportunidad de alcanzar nuestros
sueños, que imposibles o no, son nuestros y son los revulsivos de levantarnos cada día y
los que nos hacen apostar por esa extraña costumbre que es vivir, con imaginación y
entusiasmo. A mí ese “por lo menos”, me evoca desánimo, desastre, y fantasmagoría, y
no es por nada, pero en cuestiones invisibles, como es el mundo de las quimeras y
contiendas, me decanto por tirarme de cabeza al pozo de la ilusión.
De ilusión se vive, y como no se pueden poner puertas al campo, tampoco voy a
consentir que  acoten mi pequeña libertad de ser yo la que elija no ser conformista en
sentir, amar y decidir,  porque quien aboga por ese “por lo menos” defiende de alguna
manera el que jamás avancemos, ni como sociedad, ni como individuos, y si no nos
rebelamos a esa mansedumbre pandémica de ponernos candados a nuestro ímpetu de
vivir como merecemos y no como nos impongan, no seremos capaces de acercarnos un
tramo a eso que llamamos felicidad.