Azar

Sentarse el primer día de colegio con alguien cuyo apellido comience por la misma letra de una y encima que sea el más listo de la clase es suerte, encontrarse no uno, sino tres tréboles de cuatro hojas al lado de un manantial es estar en racha, pero hallarlo junto a la puerta de chapa de un contador de la luz en pleno descampado casi al borde del mar, es ya providencia divina. Sí, a veces pasa, ocurre que el determinismo no esté de nuestro lado, sino un caprichoso y veleidoso azar se presente a nuestra puerta de manera imprevista y sin avisar, como el  primo lejano que viene a visitarnos desde  Australia un domingo a las cuatro de la tarde, con ojos verdes y sin avisar. La suerte, la probabilidad o la sincronía, como queramos llamarlo actúa de manera tan insospechadamente sorpresiva  que nos deja absolutamente obnubilados por los efectos de su deleite cuando es para bien y de jodienda cuando se nos tuercen los planes por designios del destino. No es para menos. Los que digan que existe una causalidad para todo, sin dar margen a la magia casual de tropezarse de manera mágica con aquello que soñábamos, no saben lo que se pierden, yo les diría que la vida no la tenemos nadie comprada, porque de un momento a otro, todo puede dar un giro de manera tan brutal que lo que pintaba bastos puede tornarse en la fantasía más rebuscada que albergamos en nuestros sótanos de la ilusión, o en la peor de nuestras pesadillas, que sí, que la maceta si cae tiene una causa, será por el viento, por la mano que tiende un jersey de lana, o por que no aguantaba el peso del geranio, lo que tú quieras, pero el que pasa y se le cae encima es por el maldito azar que esta vez se viste de negro y le da en la cabeza, jaque azaroso que lo mismo es para ese fatídico final o para recibir esa buena noticia que tanto añorábamos, o incluso volver a reencontrar a esa persona que un día dimos por perdida y nos la cruzamos en un semáforo en Londres. De cualquiera de las maneras vivir es una experiencia donde caben todas las posibilidades, y como diría Roald Dahl, quien no crea en la magia, no la encontrará. Mejor sucumbir a ella.