Pijama

Cuántas veces ha sido el pijama la excusa perfecta para quedarnos cobijados en el domingo por la tarde de nuestro olvido, en el regazo de nuestro adormilamiento vespertino y perezoso de resaca existencial y densa que nos arrastra maliciosa hacia las catacumbas de la inacción. Esa apatía inexorablemente dominical, tan arraigada a nuestra mala costumbre del no hacer, es la culpable de que no demos un palmetazo encima de la mesa a tiempo y se tumbe el vaso derramando vino, el impacto, -libación a los dioses-, por aquello de la suerte inequívoca de derrochar la bebida de los césares de manera involuntaria, entonces será el punto de inflexión entre quedarnos mirando pavorosos al precipicio o dar el salto al vacio sin red y deambular por el filo de la navaja. Puede que nos cortemos o incluso que caigamos irrevocablemente al abismo, pero no nos habrá quedado ni un solo resquicio de probar el riesgo de haber vivido. Mejor haber tocado el acero con nuestras manos que conformarnos con el perfume del intento, mejor tener el poder de elegir entre la ilusión infinita que a lo estático previsible. La voluntad nos humaniza, nos hace despojarnos del pijama de tela difusa y transparente que nos impide ser libres en mitad de la noche.