¡Oh llama de amor viva que tiernamente hieres!

Nunca había entendido tan bien a San Juan de la Cruz en su delirante  poema de “Llama de amor viva” hasta que anoche probé un cubata de ginebra en un vaso de Duralex en una tasca milenaria de Sevilla. Había experimentado muchas sensaciones frenéticas a lo largo de mi vida noctámbula, pero pocas como la de esta madrugada pasada. Ni Tanquerai, ni London ni tan siquiera Hendrick’s. Rives, nada más, servida en una serie limitada de vasos. Cuando se llega a un cupo de de consumiciones no se bebe más, no por nada sino porque no hay vajilla.  Entre eso y los transformadores negros del siglo pasado  pegados a una pared manchada de aceite y llena de desconchones completaban una escena propia de una película en blanco y negro de Alfonso Paso que no podría escenificarse si no fuera por el entusiasmo vertiginoso de una conversación entre incendiaria y erótica, ¿qué mueve al mundo?, está claro, ni el poder, ni el dinero, ni algo tan melifluo como el amor, ni tan siquiera el sexo. El mundo se mueve por la pasión. La pasión, ese dios deseado y deseante, como diría JRJ, la pasión ,esa fuerza motriz que atrae los cuerpos celestes, aunque esta era la fuerza de la gravedad, qué más da. La pasión, ese ímpetu que hace que el levantarse por la mañana se tenga ilusión hasta por desayunar, y   vencer al frío que corta la cara atravesando calles de una ciudad callada y durmiente porque aún no ha despertado de su letargo, la pasión, ese paroxismo vehemente que zarandea la quietud del pusilánime, y le hace ascender como una cometa en la playa de Bolonia, con el levante de cara, la pasión, esa magia desenfrenada que se percibe al sentirse mimado por la sonrisa desinteresada de un desconocido, la pasión, esa voluptuosidad serena que revoluciona sin necesidad de tomar psicotrópicos, la pasión, ese arrebato desaforado de seguir adelante con la única meta  de alcanzar los corazones difíciles, esos que no se dejan domesticar porque se saben solitarios,  la pasión,  la que hace sentir, porque sentir que viene del latín del verbo sentiré que también significa sufrir, y el que sufre avanza porque no calla ni lo callan, la pasión, esa que empuja con intensidad al precipicio de darse al mundo como el que se lanza  desde una catarata a lo Jeremi Irons en la Misión, -no me den nada, para eso estoy yo aquí, para darlo todo, para darme yo-, la pasión, beberse el té antes de que se enfríe pero como me gusta más el vino es beberse la vida a sorbos como un Ribera del Duero en casa de un amigo, la pasión, el flechazo directo, valiente y castizo de alguien que se atreve con la vida, porque la pasión, la que nos dice ahora o nunca, tirarse al río que observaba la Maga de Cortázar, desprenderse del miedo, sumergirse entre la realidad y el deseo de Cernuda, y entre esta dicotomía tan impaciente, me quedo con lo último, eso sí con Rives.

 

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