Los renegados

El cuento de nunca acabar, siempre la misma canción, siempre habrá ricos y pobres, los de abajo, los de detrás del telón, los olvidados, -tú detrás de mi-, la ley del embudo, lo mío es mío, y lo tuyo mío también, la ley del más fuerte, (ah no que eso es en la selva), el siervo, la alfombra pisoteada, el principio de Peter,  las chicas que sirven y limpian las ventanas en primavera, el sumiso, la ama, el esclavo, el dominado, el boato, cardenal, obispo, púrpura al fin y al cabo, el jefe, patrón, massas, un cacique, en plata; George Bailey y el señor Potter, Vader y Yoda o la república y el imperio, Scott y Amundsen, la gacela y el león, casas adosadas  frente a descampados inhóspitos, el fuego a la jara, el premio planeta a la sombra de las muchachas en flor, el pilates frente a la novia de Forrest Gump, cantantes de plástico a Velvet Underground, gasolina a colchón de espuma;  la fuerza poderosa de esa apesadumbrada costumbre es la que nos hace aceptar que si somos devorados por la vorágine ancestral del que màs puede no sentiremos  las cebaduras del yugo  atávico que nos sujeta  y  aprisiona de manera tan salvaje que  ni tan siquiera nos enteraremos porque estaremos tan aletargados, anestesiados y descafeinados que aunque nos corten la cabeza como quería hacer la reina de corazones no sufriremos. Habremos olvidado el dolor, un dolor monstruoso apaciguado por la acelerada morfina que nos quieran administrar como un falso ungüento de Fierabrás para adormecernos y dejarnos postrados en mitad de una calle enfangada  como una rata de alcantarilla, sin más recuerdo que el suave fulgor de los acordes de Pale blue eyes de Lou Reed.

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