Por algo hay que empezar

Desprenderse de objetos curiosos e innecesarios puede resultar gratificante, reconforta y hasta pueden ser un imán. Desde niña supe que si regalaba cajitas vacías de juanolas, tarjetas postales de lugares que jamás había visitado o pulseras fluorescentes, garantizarían de manera simbólica el comienzo de una gran amistad. Con el trasiego de los años esa entrega desinteresada cobraba un valor especial, ya que dar mi vestido rojo, los apuntes de la facultad o dinero para una palmera de chocolate era la insignia de una amistad de por vida. Repartir a trote y moche y sentirse bien por ello era una recompensa más que justa, sin pedir nada a cambio, sin exigencias, solo lo que a uno le quieran dar. -Eso tiene que salir de uno, no vale pedirlo- dice mi madre.

La amistades o se mueren o se alejan. A veces ocurre, y en ocasiones sin entender cuál ha sido el verdadero motivo de ese contundente portazo de indiferencia o ignorancia que nos dan en toda la cara, provocando un dolor que nunca se disuelve del todo, sino que pervive en nosotros convirtiéndose en recuerdo es cuando tomamos conciencia de lo que ellos significaron, o si le damos la vuelta de lo que supuse yo para ellos. El eco de su desaparición retumba en mis entrañas como espadas de hielo atravesando mi aura. Los que se fueron de este mundo los llevo siempre montados en mi corazón, y los que aún están y no se han marchado también viajan conmigo.

Por extraño que parezca, la ingratitud es algo que siempre me ha molestado, será una jugarreta de la memoria, pero a pesar de querer condenarlos, me puede más esa complicidad que un día compartí, y es que agradecer lo que en un pretérito me otorgaron, no está reñido con ese sentimiento de vacío de domingo por la tarde, de fiebre, de angustia, y de desolación, que me invade cada vez que los evoco en cualquier pensamiento.

Nunca me ha gustado lamentarme en el fango de la amargura a pesar de sentirme como un alce herido, porque siempre he creído que la vida actúa como un boomerang caprichoso entre la insidia y la piedad, algunas veces nos devuelve los golpes en forma de decepción o fracaso , sin embargo también nos regala contra todo pronóstico lo que nos arrebató bajo la suave forma de esperanza y alegría.

Quizás la intuición, la casualidad, o las mismas ganas de vivir hicieron que ellos volvieran, después de esos abandonos a lo Penélope. Vuelven embadurnados del efecto mágico de un deseo silencioso que yo siempre invoqué, cada vez que los nombraba, escuchaba su canción favorita o caminaba por sus mismas calles. No me gusta decretar el olvido, por eso este proceso de reconversión, de resurgir, de esperarlos con los brazos abiertos, es una manera de empezar de nuevo y de no asustarme si tengo que caer de nuevo en un precipicio o poner la casa del revés o mi agenda patas arriba buscando el lugar que siempre ocuparon. El valor más preciado es poseer la libertad de quererlos como fueron. Seré la primera en ofrecer mi ropa, mi café, mis libros, mi casa, mi familia,mis gatos, mis amigos, mi vida entera, con tal de compartir, aunque me hayan dado la espalda. Soy sensible y lloro con las películas. Por algo hay que empezar.

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