Frases consolatorias

De nada sirven los buenos deseos y la buena voluntad viniendo de los que pueden hacer mucho y no hacen anda. Se muestran impávidos, estáticos y ausentes, alejados de una realidad circundante desoladora y terrible que envuelve a cada uno de nosotros. Detrás de cada ventana hay una vida, y detrás de casa vida un historia.  Ellos, los que mandan están agazapados en máscaras de carnaval veneciano, se muestran esquivos pero a la vez transpiran un aire de presunción dionisiaca que los trastoca haciéndoles creer  sus propias falacias.  Han perdido el rumbo y chocan entre sí como pájaros desbandados culpando a los desprotegidos, a los débiles  y a los agraviados. O sea, a la inmensa mayoría, como diría Otero. Nosotros, los castigados, repudiados y dolientes, los que sufrimos esta muerte agónica de derechos, democracia e ilusión, nosotros,  los fusilados en un olvido perpetuo de ellos, los de arriba, los que nos miran desde su cúspide de oro con un catalejos difuso y manchado de tinta azul, no ven  nuestras lágrimas, que preferimos tragárnoslas a desparramarlas para que otros las recojan. Todavía hay dignidad, otros lo llamarían espíritu de lucha, honor algunos, coraje digo yo. Aún existe  una fuerza totémica que nos inspira un brutal impulso para poner pie en pared y decir basta. Nuestra bestia ha despertado.

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Los renegados

El cuento de nunca acabar, siempre la misma canción, siempre habrá ricos y pobres, los de abajo, los de detrás del telón, los olvidados, -tú detrás de mi-, la ley del embudo, lo mío es mío, y lo tuyo mío también, la ley del más fuerte, (ah no que eso es en la selva), el siervo, la alfombra pisoteada, el principio de Peter,  las chicas que sirven y limpian las ventanas en primavera, el sumiso, la ama, el esclavo, el dominado, el boato, cardenal, obispo, púrpura al fin y al cabo, el jefe, patrón, massas, un cacique, en plata; George Bailey y el señor Potter, Vader y Yoda o la república y el imperio, Scott y Amundsen, la gacela y el león, casas adosadas  frente a descampados inhóspitos, el fuego a la jara, el premio planeta a la sombra de las muchachas en flor, el pilates frente a la novia de Forrest Gump, cantantes de plástico a Velvet Underground, gasolina a colchón de espuma;  la fuerza poderosa de esa apesadumbrada costumbre es la que nos hace aceptar que si somos devorados por la vorágine ancestral del que màs puede no sentiremos  las cebaduras del yugo  atávico que nos sujeta  y  aprisiona de manera tan salvaje que  ni tan siquiera nos enteraremos porque estaremos tan aletargados, anestesiados y descafeinados que aunque nos corten la cabeza como quería hacer la reina de corazones no sufriremos. Habremos olvidado el dolor, un dolor monstruoso apaciguado por la acelerada morfina que nos quieran administrar como un falso ungüento de Fierabrás para adormecernos y dejarnos postrados en mitad de una calle enfangada  como una rata de alcantarilla, sin más recuerdo que el suave fulgor de los acordes de Pale blue eyes de Lou Reed.

¡Oh llama de amor viva que tiernamente hieres!

Nunca había entendido tan bien a San Juan de la Cruz en su delirante  poema de “Llama de amor viva” hasta que anoche probé un cubata de ginebra en un vaso de Duralex en una tasca milenaria de Sevilla. Había experimentado muchas sensaciones frenéticas a lo largo de mi vida noctámbula, pero pocas como la de esta madrugada pasada. Ni Tanquerai, ni London ni tan siquiera Hendrick’s. Rives, nada más, servida en una serie limitada de vasos. Cuando se llega a un cupo de de consumiciones no se bebe más, no por nada sino porque no hay vajilla.  Entre eso y los transformadores negros del siglo pasado  pegados a una pared manchada de aceite y llena de desconchones completaban una escena propia de una película en blanco y negro de Alfonso Paso que no podría escenificarse si no fuera por el entusiasmo vertiginoso de una conversación entre incendiaria y erótica, ¿qué mueve al mundo?, está claro, ni el poder, ni el dinero, ni algo tan melifluo como el amor, ni tan siquiera el sexo. El mundo se mueve por la pasión. La pasión, ese dios deseado y deseante, como diría JRJ, la pasión ,esa fuerza motriz que atrae los cuerpos celestes, aunque esta era la fuerza de la gravedad, qué más da. La pasión, ese ímpetu que hace que el levantarse por la mañana se tenga ilusión hasta por desayunar, y   vencer al frío que corta la cara atravesando calles de una ciudad callada y durmiente porque aún no ha despertado de su letargo, la pasión, ese paroxismo vehemente que zarandea la quietud del pusilánime, y le hace ascender como una cometa en la playa de Bolonia, con el levante de cara, la pasión, esa magia desenfrenada que se percibe al sentirse mimado por la sonrisa desinteresada de un desconocido, la pasión, esa voluptuosidad serena que revoluciona sin necesidad de tomar psicotrópicos, la pasión, ese arrebato desaforado de seguir adelante con la única meta  de alcanzar los corazones difíciles, esos que no se dejan domesticar porque se saben solitarios,  la pasión,  la que hace sentir, porque sentir que viene del latín del verbo sentiré que también significa sufrir, y el que sufre avanza porque no calla ni lo callan, la pasión, esa que empuja con intensidad al precipicio de darse al mundo como el que se lanza  desde una catarata a lo Jeremi Irons en la Misión, -no me den nada, para eso estoy yo aquí, para darlo todo, para darme yo-, la pasión, beberse el té antes de que se enfríe pero como me gusta más el vino es beberse la vida a sorbos como un Ribera del Duero en casa de un amigo, la pasión, el flechazo directo, valiente y castizo de alguien que se atreve con la vida, porque la pasión, la que nos dice ahora o nunca, tirarse al río que observaba la Maga de Cortázar, desprenderse del miedo, sumergirse entre la realidad y el deseo de Cernuda, y entre esta dicotomía tan impaciente, me quedo con lo último, eso sí con Rives.

 

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La manta atornillada

De un tiempo a esta parte vengo adoleciendo unos terribles y endemoniados dolores de cabeza y por más que me cuestione el origen de tan martilleante dolor no logro dar con la tecla. Lo que sí tengo claro es que cada vez que leo los periódicos se me agudizan más las punzadas. Y es que no soporto leer malas noticias. Hace muchísimos años que no leía titulares tan nefastos, opacos y nocivos como los actuales. Se me atraganta el paracetamol al ver la cara de Bárcenas con esa pose de soldado enterrado chino de terracota y ese pelo cano peinado para atrás , probablemente no oliendo a Brumel sino a crema hidratante de la Rosa de los Alpes. Él sólo es la muestra de un flamante book de personajes que aparentemente han medrado en la dificultosa tarea de la política, únicamente mostrando su inestimable valía y su infinita capacidad de alcanzar sus oscuros y perniciosos objetivos. Para llegar a esa empresa perfecta y obtener sus rutilantes y fastuosos frutos solo hay que tener unos cuantos requisitos, ser tesorero, cínico, tramposo y liante y del PP. Ni la mismísima Lisbeth Salander lo habría hecho mejor. Se me ocurren más candidatos para ilustrar este peculiar muestrario, pero hoy merecía estar en primeria línea de fuego este ínclito contable de un partido que dice que el que la hace la paga. No espero que haga un monólogo y describa con pelos y señales cada uno de sus escabrosos movimientos para obtener su suntuoso fin, ni tampoco que tire de la manta arrastrando consigo a toda una plantilla de supuestos secuaces o colaboradores de esa siniestra trama recaudatoria. No lo hará, a no ser que dé unas razonables explicaciones que agradarán sobre seguro a un escéptico y aséptico juez. Mientras tanto, la manta se atornilla.

Ya no hay Scrooges

Ya no hay héroes. Ni sonrisas, ni discos. Ya no hay cartas. Ni conferencias largas.

Ya no hay Wind of Change .Ni sellos, ni casettes, ni libros de pasta.

Ya no hay miradas amables , ni Ducados, ni gracias . No. No las hay. Ni almas cándidas.

Ni eso.

Ya no hay hadas. Ni conquistadores de almas. Mi infancia.

Sólo calles inundadas de seres inertes vacíos de magia.

Sólo el frío de mi Samsung en el bolsillo del Levi’s desgastado.

Sólo el paso sordo en el asfalto sucio y negro de la ciudad golpeada.

Ya no hay nada. Ya no hay Scrooges.

Segundas oportunidades

¿Quién dijo que la oportunidad sólo pasa una vez? A cada paso que doy sus escabrosos  escalones escalones del edificio de la vida,  zigzagueando  por sus escabrosos  peldaños, presencio los efectos de metralla que causa el no haber cogido ese tren a tiempo. La oportunidad.

Los que no subieron al tren a tiempo dirían que no hay vuelta atrás. Se lamentarían viendo desaparecer  su silueta eléctrica. Sin retorno. Sin retroceso.

–Una vez pasó.

-¿Una sola?

Pero qué ilusos, con lo fácil que hubiera sido saltar sin red, espetar  en la cara al déspota de turno,  decir te quiero a tiempo, irse de viaje con lo puesto, atravesar miles de kilómetros para conocer a alguien que nos embaucó sólo por coincidir en nuestra canción favorita. Tontos. Dejamos escapar  esas ocasiones y preferimos aprisionarlas en la caja metálica del olvido, contemplándolas desde la atalaya del inmenso horizonte de la experiencia. Mirándolas, locas, disidentes, tabernarias. Observo y me doy cuenta que la oportunidad vuelve. Reaparecen desnudas envueltas en un bello desorden ante nosotros (el tiempo las forja a su manera de nuevo), retornan con una imparcialidad esperanzadora, regresan  vestidas de forma diferente, viajeras, sabias, nos enseñan, detienen, despiertan y zarandean para decirnos  al oído -vuelve a ser tú-.

 

Y ahora, después de ser  nosotros mismos los dueños  de nuestro equipaje y  vivencias  a cuestas, ahora, sí me enfrentaré al mundo, esté loco, triste, alegre, revuelto malvado, divertido, funesto, amable, sucio o gris, éste es el que tenemos, y es más fácil acariciarlo que burlarse de él, abrazarlo que ajarlo a tirones, besarlo que pisotearlo, amarlo que maltratarlo, recordarlo  e incluso llorarlo, es más fácil repito, plantarle cara, vivir con su absurda rutina, que esperar a la que pintan calva. Es muy sencillo, si vuelve desde su silencio violeta no la perderé de vista, porque sabré que vendrá a mí como un  boomerang aborigen.  Quizás ahora entienda mejor el verbo ser, seguir siendo, mientras podamos ser, éramos o fuimos. Podremos leer tranquilos, luchar enfebrecidos, llorar a solas y por supuesto amar como nadie. Como diría Vázquez  Montalbán – se vive sólo una vez, y hay que aprender a querer y a vivir-. Lo creo.

Randas

La primera vez que escuché el vocablo randa fue a mis padres. Nunca se lo he vuelto a oír a nadie más, salvo un día leyendo el libro de la Busca de Baroja, un ejemplar con la pasta amarillenta y renegrida por el tiempo, de la editorial Salvat, de esos que ponen RTV. Ahí estaba la clave. Randa. Me reencontré con el vocablo y lo pronuncié unas cuantas veces como una jaculatoria. Me dio un vuelco el corazón parecido a lo que se siente al volver a ver a un amigo de esos que damos por desterrados de nuestras vidas. Randa.

Entronizar así una palabra tiene su mérito, pero más valía tiene atribuírsela a quiénes mejor se lo merecen, a los verdaderos protagonistas, randas estelares de la chulería más dañina, golfa, e impresentable de este país. La picaresca de Rinconete es un anuncio de aerosol insecticida en comparación con esta ralea de gentuza que nos rodea, que ni el mismísimo capitán Ahab lograría capturarlos con su arpón. Aparentemente parecen listos, enfundados con sus trajes gris perla Forever Young , corbatas a rayas y camisas de ensueño de doble puño y nudo marinero. Pero a mí no me la dan. Los “estudiados”, como diría mi padre, son los que más mala leche gastan y engañan. No hace falta que lo jure.

Tenemos una colección de randas que dan la nota con sus caras de actores secundarios que no han roto nunca un plato. Desde el aprendiz de sastre de Camps, pasando por los tórridos polvos en hoteles de lujo de Puerto Banús protagonizados por el insaciable Dívar (me encantan las historias de amor proscrito, pero siempre que no sean con el dinero de otros), hasta llegar a nuestro Ferrán, gran tipo, serio, solemne, con cara de seminarista, pero con ganas de salir en la prensa por charrán desde que vio Bonnie and Clyde.

Sin embargo, la ambición se antepuso a la inteligencia, dejándoles en la estacada. Quisieron ser como Newman y Redford en El Golpe, pero les faltó un pequeño detalle, este par de pícaros que triunfaron en una de mis películas preferidas son sublimes -que es más que bellos-, y estos perdularios de tres al cuarto, ciudadanos de un país que se va a pique, no lo son, les falta, talla, clase, estilo y altura, vamos les falta guapura.